EL FABRICANTE DE TEJUELAS

EL FABRICANTE DE TEJUELAS

Un viejo poblador me servía de guía en medio todo ese monte oscuro e impenetrable, sin alguien que  conociera sus secretos, no tendría destino incursionar en toda aquella bóveda que formaban las grandes lengas que no dejaban penetrar la luz, y luego todos aquellos árboles de menor tamaño, para finamente encontrase en medio  del enmarañado matorral, que traicioneramente escondía pequeños precipicios construidos por la naturaleza a través de los años, con los desechos formados por muchos árboles muertos y rocas desprendidas de las altas cordilleras.

Cerca del medio día, seguimos el sendero del rio Moro, para finalmente encontrarnos en el cañadón del rio Cisnes; las quilas nos cerraban el paso a diestra y siniestra, mi caballo sorteaba con dificultad aquellos escalones de agua y barro gredoso, que se pegaba a las patas de los animales, haciendo lento y penoso el avanzar, el quejido lastimero producido por aquellos grandes árboles al rosarse en sus copas, movidos por el viento que los mecía constantemente, se transformaba en nuestra música de fondo. Mientras caminábamos las gotas de agua de una  lluvia fría e interminable caía sobre nosotros, y los armoniosos cantos de las aves y el tableteo del gran carpintero de moño rojo, completaban el concierto singular de aquel camino ignorado.

Trepábamos en ese sobrecogedor paisaje el sendero de la montaña, que durante todo aquel trayecto serpenteaba dentro de una zanja, que en algunos lugares sobrepasaba el tamaño de un hombre montado,  había sido formada por el continuo transitar de aquellas gentes, habitantes de aquel recóndito sitio, los cuales con sus caballos y pilchero han pasado por esa senda durante años; en algunos lugares aquella ruta está cubierta por infinidad de varas, puestas por la mano del hombre, una al lado de la otra  en forma perpendicular a ella, llamadas envaralados, éstas en algunos lugares flotan al penetrar en ella las aguas de vertientes y de la lluvia, me impresionaban las tembladeras, lagunas subterráneas, sobre las cuales crecía la hierba formando una capa dura,  que se inclinaba cual puente colgante cuando las bestias las pisaban, otras veces las varas ya podridas por el tiempo exponían tramos de ese camino primitivo, donde los pobres brutos se sumían en el barro hasta la panza, amén de las raíces que se enredaban en sus patas, dejándoles sin aliento, temblando de agotamiento, obligando a su jinete a dejarles descansar.

Conocer de aquellos senderos, si es que se puede llamar de esa manera a esas picadas de la montaña donde los animales avanzan tranco a tranco sumidos en el barro hasta la panza, allí en medio de todo ese monte en un pequeño claro a la sombra de un gran peñasco, un hombre canoso de una gran barba desgreñada, sentado sobre un trozo de árbol e inclinado sobre otro, machete en mano  empujaba con pequeños golpes la madera, la que entregaba de tanto en tanto una lamina “tejuela”, obtenida de un trozo de lenga de las altas cordilleras. Aquellas lucían ahora, que el sol les daba de frente,  imponentes y diáfanas, bañadas por el lago que las rodeaba, de manera que  reflejaba  todo   aquel magnifico paisaje. De aquel lugar se podía observar además hermosos valles regados por primitivos ríos intocados por la mano del hombre.

Aquel viejo sin  levantar su rostro, ni sorprenderse con nuestra presencia,  a manera de saludo, cogió  un leño lo lanzó a una pequeña hoguera; el impacto de aquel madero la hizo revivir en una pequeña llama, provocando, además, una explosión de humo y cenizas, al mismo tiempo que exclamaba --- ¡tarde amigo!---, sírvanse unos mates, agregó, Luego de habernos desmontado. 

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